"Volvía a casa después del trabajo cuando, para mi sorpresa, me encontré con que las fuerzas policiales estaban rodeando mi vivienda. Un agente me empujó hacia un lado de la carretera diciendo:
--No puede pasar, no puede pasar. Dé un rodeo, es peligroso"
Y mi propuesta para continuarlo es:
" Aburrido e irritado, hice caso al policía y me dispuse a rodear mi propia casa. La policía, la multitud curiosa, el negociador con el megáfono, la prensa, … El calor era insoportable y el sudor que recorrió en ese momento mi espalda no podía ser más que frío: la silueta que se dibujaba tras la ventana de mi casa, esa persona que había decidido atrincherarse tras mi puerta, en mi despacho, frente a mi mesa y con mi mejor whisky en la mano que no sujetaba mi pluma, … Esa silueta era yo, ¡yo!
Cogí el móvil y marqué el número de mi casa. Desde fuera, me vi coger el teléfono y responderme: ¿Qué? ¿Cómo que qué? ¿Qué hago? Quiero decir, ¿qué hace usted en mi casa? Vi como colgaba y acto seguido corrí el bar de la esquina, que tenía la televisión puesta. Retransmitían la escena que se estaba dando en mi casa. El agente de policía que me atendió, con la pose y el tono de quién sabe que está actuando conforme al reglamento y a sabiendas de estar ofreciendo un buen servicio a la comunidad, informaba sobre la situación. Por lo que entendí, la policía había puesto cerco a mi casa para evitar que yo escribiera algo, al parecer, unas palabras que podían acabar con todo. ¡Era ridículo!
Fui de nuevo a hablar con el policía con la intención de ofrecerme como negociador, quién mejor que uno mismo para convencerse de algo. Como respuesta obtuve un hiriente ¿está usted loco? Justo lo que menos me apetecía oír en esos momentos. Y he aquí que, cuando estaba ya apunto de caer desmayado, oí como los policías cargaban sus armas y apuntaban con intención hacia mi puerta que en ningún momento se abrió a pesar de las expectativas creadas.
Por debajo de la puerta, en cambio, salió un papel. La tensión se mascaba, el aire se podía coger como si fuera algodón de azúcar. Rápidamente, tres policías protegidos con cascos, escudos, chalecos y enormes fusiles se acercaron y cogieron la hoja.
El inspector de policía temblaba, la ceniza de su cigarrillo se le derramaba por la cazadora. Lo había hecho. Me había atrevido a escribir esas temidas palabras. Ya me lo decía mi padre, tarde o temprano acabaría cargándome el mundo.
Los tres policías acercaron el papel al inspector, quién lo cogió sin disimular su miedo. Su rostro palideció y el cigarrillo cayó al suelo junto a la hoja.
Entre cenizas y el sudor del inspector se podía leer en el papel: FIN."